MAREA BAJA

Tal vez ya comience a oscurecer o puede que sencillamente la marea empiece a subir demasiado. Sea como sea, el paso que une Malolo y Malolo Lailai comienza a ser transitado. Hacia Lailai se puede ver, de vez en cuando, a algún turista que, después de haber dado un paseo y visitado otra maravillosa playa (ésta sin cabellos rubios y cuerpos rojizos por el sol tumbados en la orilla, pero si con basura que nadie recoge a no ser que pueda servir de alguna utilidad), vuelve a su isla-hotel antes de que den el cierre en el buffet libre o simplemente para observar, desde el jacuzzi, el espectacular atardecer. Sin embargo, en dirección contraria el trajín es constante. Los trabajadores y vendedores que trabajan en Lailai caminan rápido hacia Malolo, esquivando con facilidad las estrellas de mar que se confunden en el lodo. Ya en tierra firme, el trayecto continúa por la orilla otros diez minutos, hasta llegar a la pequeña villa donde tienen sus hogares.
Malolo es una de las más de 300 islas que forman el archipiélago de Fiji, en el Pacífico Sur. Se encuentra a unas dos o tres horas en barco desde la capital Nadi y a escasos 200 metros de Malolo Lailai, una de las muchas isla-hotel que abundan por la zona. Este par de cientos de metros que separan a estas dos islas hermanas son la línea que divide dos mundos totalmente diferentes y prácticamente opuestos. Una línea divisoria que tan sólo se puede atravesar en alguna pequeña embarcación o caminando por el fangoso fondo del paso que une ambas islas, siempre que la marea baja lo permita.
A Malolo Lailai solamente se puede acceder siendo cliente en uno de los dos hoteles de lujo que hay en ella, ya sea en alguno de los acogedores bungalows o en una de las fastuosas casas que coronan las suaves laderas a orillas de paradisíacas playas, tan sólo por unos 1.000 dólares la noche. Todo está incluido, excepto cualquier cosa que no sea una necesidad básica como comer y dormir, o disfrutar de las playas y bucear en sus corales más accesibles y cercanos. Cualquier otra actividad ya es un extra y como tal hay que pagarlo. Delante, su hermana mayor Malolo está prácticamente deshabitada, excepto por un par de pequeños poblados en los que viven los nativos de la isla. Allí, en destartaladas cabañas, o en chabolas creadas con cualquier metal que proteja de la lluvia, o en el mejor de los casos en desvencijadas casas de madera, viven los mismos fijianos que atienden a esos turistas que descansan en las mansiones y bungalows de la isla de enfrente. Los mismos que les preparan la comida, limpian sus ropas y les sonríen y saludan con un -¡Bula!- cada mañana. Los mismos que dependen de las mareas para volver a su casa. A tan sólo unos cientos de metros pero a todo un mundo de distancia. Allí la vida tiene otro ritmo; el ritmo que la naturaleza marca. Los niños, aprovechando que la marea está baja, juegan con maltrechos palos de golf que alguien, en alguno de los numerosos resorts de las islas colindantes, habrá tirado al mismo mar que los ha llevado hasta ellos para dar rienda suelta a su imaginación y sus juegos. Las mujeres limpian el pescado que, ya sea en barca y con redes o tan sólo con un palo afilado a modo de lanza, los pescadores previamente han capturado. Los escultores trabajan la madera creando tortugas, loros o cualquier otro motivo que después pueda venderse como recuerdo en Malolo Lailai, una pequeña obra de arte que posiblemente será lo más auténticamente fijiano que los turistas se llevarán de Fiji. Eso y la belleza que allí lo inunda todo.
Los turistas de Malolo Lailai van y vienen. Mientras, ellos seguirán en Malolo esperando a que la marea baje, en el verdadero Fiji, tan lejos y tan cerca de un universo que sólo conocen tan de lejos como tan cerca lo tienen.