LOS NIÑOS DEL TSUNAMI

El 26 de diciembre del 2004 el sur de la India sufría los efectos del devastador tsunami que asoló varios países en el sudeste asiático, dejando tras de sí cientos de pueblos arrasados y miles de víctimas mortales, con su consiguiente aumento de niños huérfanos. Poco a poco la ayuda internacional fue llegando a este rincón de la India, donde gracias a dichas ayudas comenzaron a proliferar los orfanatos que debían encargarse de esos niños a los que aquellas terribles olas habían arrebatado a sus padres.
En septiembre del 2007, un colectivo de surfistas dedicado a la ayuda humanitaria y ecológica llamado Smiling Surfing, junto a la ONG The Lalu Smile, pusieron en marcha un proyecto que consistía en llevar a los orfanatos de la zona del sur de Chennai, en el sudeste de la India, ayuda humanitaria recogida principalmente a través de una campaña centrada en el entorno del surf, y a la vez intentar de la mejor manera posible reconciliar con el océano Indico a aquellos niños que el mar tanto les había quitado; mostrándoles el surf.
Después de una investigación, el equipo decidió centrar la ayuda en la pequeña ciudad de Mamallapuran, donde sorprendentemente alrededor de ésta había más de una decena de orfanatos, principalmente en uno en el que más de cuarenta niños de todas las edades vivían en dos instalaciones diferentes pero pertenecientes al mismo orfanato.
Una vez comenzado el estudio acerca de las necesidades básicas que el orfanato tenía y las posibles formas de solucionarlas, mientras simultáneamente se realizaban diferentes talleres para los niños, y como no, las clases de surf que tanto gustaron a los chavales, algunas piezas del puzzle parecían no encajar de ninguna de las maneras. Al parecer, algunos de los niños supuestamente huérfanos tenían padre, madre o ambos, incluso en algunos casos lo tenían en la misma ciudad de Mamallapuran y con un trabajo que les permitía poder hacerse cargo económicamente de su hijo. A pesar de esto, el director de aquel orfanato seguía hablando siempre de los niños como huérfanos desvalidos y pese a que el equipo pretendía realizar una ayuda práctica, como por ejemplo mejorando las instalaciones, aquel hombre intentaba por todos los medios que la ayuda fuese totalmente económica. Algo ahí olía más mal que la propia habitación de los niños más pequeños, un cubículo cerrado, sin ventilación alguna ni colchones, donde los niños de hasta 8 años dormían apelotonados en el suelo, encima de su propia orina.
La primera y mayor condición que se puso al director del centro fue acabar con dicha habitación como alojamiento, que estaba en el segundo local en la zona céntrica de la ciudad y donde durante el día se abría como un escaparate con el que los turistas podían apenarse de un grupo de niños de muy escasa edad y en unas condiciones que dejaban mucho que desear, llevando a aquellos pequeños al segundo local, mucho más amplio y con capacidad para poder acoger también a aquellos niños, pero mucho más alejado de la mirada del turista apesadumbrado y solidario. Su negativa era rotunda e incoherente, tanto como lo era la manera en que toda la comida y objetos prácticos como champúes y jabones que el equipo se encargaba de reponer, se acababan en tan sólo un día de manera más que sospechosa. La reventa de lo suministrado era constante.
A medida que los días transcurrían las sospechas aumentaban al mismo ritmo que las irregularidades iban aconteciendo. Pero estás incoherencias se repetían en la mayoría de orfanatos visitados, algunos en incluso peores condiciones, donde la sarna golpeaba duramente a algunos de los niños.
En pleno momento de dudas, apareció una turista alemana, simpática y aparentemente despistada, a la que le gustaba acudir al orfanato a menudo para jugar con los niños. Al conocer las intenciones del proyecto de Smiling Surfing, aquella risueña y distraída turista acudió al equipo para ponerle en alerta. Se trataba de una periodista de investigación que llevaba mucho tiempo detrás de una trama de orfanatos que había proliferado tras el tsunami, aprovechándose de las ayudas que se habían recibido y de que ONGs de todo el mundo tenían su vista fijada en aquella zona, e investigaba especialmente el centro escogido por el equipo de Smiling. Muchos de aquellos supuestos huérfanos tenían padres a los que se les ofrecía la posibilidad de que sus hijos fuesen a centros donde de manera gratuita tendrían alojamiento, comida y una buena educación, cuando la realidad era que dejaban a aquellos niños en unas condiciones pésimas que pudiesen suscitar la lástima de los turistas y las consiguientes donaciones. Incluso en algunas ocasiones los encargados de estos centros ofrecían dinero a algunos padres para poder hacerse cargo de sus hijos.
Pero la historia iba más allá. Durante las mismas fechas en las que el director del orfanato pedía más y más dinero al equipo de Smiling alegando que no tenía ni para pagar la comida de la semana, al parecer recibía ingresos de miles de euros por parte de ONGs europeas que engañadas habían transferido a ese centro cantidades más que sustanciosas. Aquel director era propietario de numerosos terrenos y viviendas, y de una fortuna que crecía gracias a la buena voluntad de personas y entidades y a la miseria de algunos pobres padres incautos. La trama llegaba aún más lejos y abarcaba la mayoría de orfanatos de la ciudad y del área en general, alcanzando a altos cargos de la zona, quienes bajo sobornos permitían todo el entramado. Una asociación local, bajo amenazas, perseguía todo esto con los pocos medios de los que disponía e intentaba denunciar aquella situación.
Ante tal situación y con la advertencia por parte de los que luchaban contra aquello, incluso respecto a su propia seguridad, el equipo decidió seguir por otros caminos con la ayuda humanitaria y principalmente la económica, pero manteniendo el contacto con los niños, las verdaderas victimas de todo aquel entramado (quienes en algunos casos pasaban de estar con carencias, si, pero con una familia que les quería, a estar en peores condiciones para así producir la lástima de aquellos turistas que desconociendo todo aquello lo seguían alimentando), y continuando con los talleres y especialmente con lo que a los niños más les había encandilado, las clases de surf.